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Situación en nuestro entorno

 

La epidemia en España

La epidemia en Euskadi

Sida Social

La epidemia en España

El curso de la epidemia de VIH/Sida en el Estado Español está marcado por tres hechos fundamentales:

  • La rápida propagación del VIH durante la década de los ochenta. Durante esa década se produjo en España una gran extensión del VIH entre un colectivo numeroso de personas usuarias de drogas por vía parenteral (UDVP), convirtiendo a este mecanismo de transmisión en el responsable de más de dos tercios de los casos. El VIH también se extendió entre hombres homosexuales, aunque con una propagación menos abrupta. El retraso de la puesta en marcha de programas de reducción de los daños asociados al consumo de drogas inyectadas situó a España a la cabeza de Europa en tasas de sida. El elevado número de UDVP infectados por el VIH, la mayoría adultos jóvenes y sexualmente activos, dio lugar a la transmisión secundaria del VIH por vía heterosexual y PERINATAL. A comienzo de los noventa ya se habían producido más de 100.000 infecciones por el VIH, y la mortalidad llegó a ocupar el primer lugar entre las principales causas de años potenciales de vida perdidos en España.
  • El progresivo descenso de la transmisión del VIH desde comienzos de los noventa. La gravedad de la situación descrita puso en alerta a la sociedad y se intensificaron los programas de prevención, hasta entonces claramente insuficientes, con la consiguiente reducción de prácticas de riesgo. Las nuevas infecciones por el VIH comenzaron a disminuir en los grupos más susceptibles, como han demostrado los estudios de seroprevalencia de VIH en UDVP, en hombres homosexuales y en mujeres que ejercen la prostitución. El número de jóvenes de las siguientes generaciones que se inició en el consumo de drogas inyectadas fue menor, además de darse una progresiva sustitución de la vía de consumo inyectada por la fumada.
  • La extensión de las terapias antirretrovirales de alta eficacia desde 1997. A mitad de los noventa se alcanzó el punto álgido de la epidemia de sida en términos de morbilidad y mortalidad, con más de 7.000 nuevos diagnósticos de sida y más de 5.000 fallecimientos anuales. En 1996 y principios de 1997, se fueron introduciendo las terapias antirretrovirales combinadas que incorporaban fármacos inhibidores de la proteasa, lo que produjo una mejora considerable en la situación inmunológica y en el pronóstico y la calidad de vida de las personas infectadas. Esto se tradujo en una rápida reducción de la incidencia de sida superior al 60% en los cuatro años siguientes, y una caída en la mortalidad de un 67% en tan sólo dos años. subir

Registro Nacional de SIDA. Situación en 2009

El Registro Nacional de Casos de Sida ofrece información sobre la evolución de esta enfermedad en España. Al interpretar los datos que se presentan en este informe, hay que tener en cuenta que la incidencia de sida es un indicador de la frecuencia y evolución de los estadios avanzados de la infección por VIH en la población. Este indicador es clave para evaluar la efectividad de los tratamientos, y las intervenciones que tienen mayor impacto en la evolución del sida tanto en el ámbito individual como comunitario. Sin embargo, no aporta información sobre la frecuencia de nuevas infecciones por VIH en la población ni de su evolución reciente, pudiéndose dar el hecho de que aumenten las nuevas infecciones mientras los casos de sida sigan otra tendencia. Al interpretar los datos ha de tenerse en cuenta también que las cifras correspondientes a los últimos años pueden sufrir pequeñas modificaciones en el futuro, conforme se complete la notificación.

Según las notificaciones recibidas hasta el 30 de junio de 2009 en el Registro Nacional de Casos de Sida, se estima, tras corregir por retraso en la notificación, que en 2008 se diagnosticaron en España 1.340 casos de sida. Tras alcanzar su cénit a mediados de la década de los 90, el número de casos notificados de sida ha experimentado un progresivo declive, de forma que los notificados en 2008 suponen un descenso del 80,1% respecto a los notificados en 1996, año previo a la generalización de los tratamientos antirretrovirales de gran actividad.

Con respecto al 2007, en el año 2008 se evidenció un descenso del 16,6% en el número de casos entre los varones y un 8,6%, entre las mujeres. Se mantiene la tendencia descendente iniciada años atrás en el grupo de usuarios o ex-usuarios de drogas por vía parenteral (UDVP) puesto que se observa una disminución en el número de casos diagnosticados del 28%. También bajaron en relación al mismo periodo los casos atribuidos a relaciones sexuales no protegidas entre hombres (5%), permaneciendo estables en el caso de la transmisión heterosexual.

Hasta la fecha se ha recibido la notificación de 1.170 casos diagnosticados en 2008, que suponen el 87,3% de los casos que se estima habrá cuando se complete la notificación. El 77% de los diagnósticos de sida recayeron en hombres, y la edad media al diagnóstico se sitúa en los 41 años. La proporción de casos pediátricos (menores de 13 años) se sitúa en el 0,4%. El 34,4% de las personas que han desarrollado sida en 2008 contrajeron la infección por compartir material de inyección para la administración parenteral de drogas, lo que afectó al 37,6% de los hombres y al 23,4% de las mujeres. Las personas que contrajeron la infección por relaciones heterosexuales no protegidas ascienden al 34,9% de los casos y, en números absolutos, continúan siendo más frecuentes en hombres que en mujeres. Sin embargo, proporcionalmente, entre las mujeres esta categoría adquiere especial relevancia, pues representa el 65,4% de los diagnósticos de sida notificados en 2008. La tercera vía de transmisión más frecuente han sido las relaciones homosexuales entre hombres, que supone el 20,3% de todos los casos y el 26,3% de los que afectan a hombres . Por lo tanto, en conjunto, se observa un predominio de la transmisión sexual, suponiendo el 55,2% de los nuevos casos de sida en 2008.

Desde el inicio de la epidemia en España se han notificado un total de 77.953 casos de sida. Hasta 1997 la proporción de casos de sida en personas cuyo país de origen no era España estuvo por debajo del 3%. Pero a partir de 1998 esta cifra subió progresivamente hasta alcanzar el 26,5% en 2008. En este último año, el 41,3% de estas personas extranjeras procedía de Latinoamérica, y el 33,9% de países de África.

En el periodo 2004-2008 la tuberculosis de cualquier localización siguió siendo la enfermedad indicativa de sida más frecuente, afectando al 28,8% de los casos. Le sigue la neumonía por Pneumocystis jirovecii (22,9%) y la candidiasis esofágica (14,0%). A pesar del marcado descenso de la incidencia de sida en España desde la extensión de los nuevos tratamientos antirretrovirales, el nuestro sigue siendo uno de los países con mayor incidencia de sida en Europa Occidental.Para mantener la tendencia decreciente, además de reforzar las medidas de prevención, es necesario potenciar las intervenciones destinadas a promover la prueba del VIH, el consejo y el diagnóstico precoz de la infección en personas que hayan tenido prácticas de riesgo. subir

Situación de la epidemia en Euskadi

Nuevas infecciones en 2010

  • Desde 1997 se ha declarado un total de 2.472 nuevas infecciones por VIH, registrándose en 2010 un descenso de un 13,5% respecto a 2009.
  • En 2010 se han notificado 179 nuevos diagnósticos de VIH, lo que supone una tasa de 84,8/millón de habitantes. Tasa ligeramente superior a la registrada a nivel estatal (79,3 millón de habitantes).
  • El 75,8% de las nuevas infecciones corresponde a hombres y la edad media de las personas diagnosticadas es de 38 años.
  • En relación a la práctica de riesgo, la transmisión en hombres que tienen sexo con hombres (41,2%) casi iguala a la transmisión a través de relaciones heterosexuales (43%).
  • El 41,2% de las nuevas infecciones corresponde a personas originarias de otros países, principalmente latinoamericanas y africanas.
  • El 43,7% del total de nuevas infecciones presentó diagnóstico tardío (menos de 350 CD4). subir

Más datos:

Fuente: Plan de Prevención y Control de Sida de Euskadi. 2010

SIDA Social

Lo más grave del sida no reside tan sólo en que se trata de un enfermedad mortal, sino en que se trata de una epidemia que en el siglo XXI amenaza a la sociedad arrastrando las creencias y respuestas sociales que se dieron a otras enfermedades padecidas con anterioridad por la humanidad. Por ello, no es casual que la metáfora principal empleada para el sida haya sido la peste, pues este término representa la peor de las calamidades y lleva asociado un juicio a la sociedad.

El padecimiento de la infección por VIH genera inserción del individuo dentro de un grupo poseedor de una etiqueta social descalificadora que le deshumaniza y confiere al enfermo una nueva identidad que le merma su propia dignidad.

La sociedad se encuentra, por primera vez, con una epidemia en la que se contabiliza el número de casos más el número de personas sanas infectadas. Eso tiene especial significación en dos vertientes: por un lado, sirve de justificación a la pretendida necesidad de identificar a los sospechosos de ser portadores del virus, y por otro, tiene el efecto de provocar en los afectados la marginación social que les acercará, posiblemente, antes a la muerte social que a la física.

El SIDA se superpone sobre los cambios culturales ocurridos durante el siglo XX. Ha sido en este siglo cuando la sexualidad se ha convertido en un discurso social, cuando la intimidad entre los cuerpos se expone visiblemente. Las modalidades de relaciones amorosas y sexuales entre hombres y mujeres han cambiado, haciéndose visible la diversidad sexual. Es en pleno debate social sobre la sexualidad humana cuando aparece el sida.

Esta enfermedad viene a asentarse sobre todos estos cambios, y quizá por ello, tiene una representación social compleja, que responde, no sólo al saber clínico, sino que cuestiona los valores sociales e implica la emocionalidad de las personas. Esta representación que se construye socialmente es interiorizada y genera posturas y acciones en relación a la enfermedad y a las personas afectadas que no tienen que ver con los conocimientos biológicos sobre la enfermedad misma, sino que van mucho mas allá, dándole un sentido social y moral.

La historia está salpicada de enfermedades que representan los paradigmas de cada época. La lepra, la peste, la sífilis, la tuberculosis, el cáncer han representado en cada época mucho más de lo que cada enfermedad era en sí.

A las condiciones macroculturales de nuestra época, como las desigualdades Norte-Sur, se suman condiciones microculturales, porque esta enfermedad irrumpe en la vida íntima de las personas. Se percibe como una enfermedad muy amenazante, sexualmente transmisible, que progresa de manera rápida y mortal, que desvela los hábitos y costumbres sexuales de quién la padece. En este sentido como dice Pollak (1988) “la representación social del sida reúne todas las dimensiones del cáncer y de la sífilis”, al sumarse la connotación de incurable y mortal del cáncer, con lo vergonzante y degradante de la sífilis.

Tod@s conocemos cuales fueron las primeras reacciones sociales cuando el sida empezó entre los homosexuales. Una oleada de opinión hostil hacia ellos, interpretando el sida como un merecido castigo por su sexualidad. Hasta entonces la homosexualidad se mantenía socialmente oculta, como si fuera un hecho marginal del que la mayoría no tenía por qué saber, y sobre los que había una opinión social negativa. Es un castigo por aquellas conductas sexuales moralmente interpretadas como degradantes.

Cuando el sida afecta a las personas toxicómanas que intercambian jeringuillas, crece aún más la representación de que se trata de una enfermedad marginal y transgresora de la moral dominante y refuerza la idea del castigo para quienes se apartan de las conductas asumidas como normales por la mayoría.

Más tarde, con la evidencia de que el contagio sexual traspasa las barreras de la homosexualidad y también se infectan hombres y mujeres por relaciones heterosexuales, se prolonga la representación de que el sida es signo de promiscuidad. Por ello tiende a visualizarse como restringida al sexo comercial y a la prostitución.

Posteriormente, se conocieron algunos casos por transfusiones de sangre, hemoderivados, transplantes, pero parecían quedar salvados de responsabilidad moral, ya que la medicina como técnica está exenta de esa connotación y solo existe la responsabilidad de un control técnico-sanitario, de cuyos fallos la persona infectada solo es víctima pero no culpable.

El sida es un problema de to@s. Aún hoy, para la mayoría de los heterosexuales el sida es un asunto de otros. El conocimiento de las vías de transmisión, siendo aceptable, sirve a lo sumo para conocer bajo qué circunstancias el contacto con las personas marcadas por el sida puede ser potencialmente peligroso. Pero, en última instancia, el problema se siente ajeno y parece que debe preocupar fundamentalmente a los considerados culpables de la epidemia por el hecho de estar situados fuera de la leyes sociales y de las normas morales y éticas. Sin embargo, la población general no es ajena a las prácticas de riesgo, ya que en definitiva no se trata de ser homosexual, prostituta o usuario de drogas, sino de exponerse a las vías de transmisión del VIH a través de una práctica individual sin adoptar medidas de prevención.

Así, las personas afectadas de sida tienen dos problemas: la enfermedad y el estigma que se les atribuye. La enfermedad amenaza su salud y su vida, la amenaza del estigma es la muerte social.

Que sea conocida la condición de seropositiv@ puede aún acarrear una pérdida de crédito social, por eso ha ido ganando terreno la exigencia de confidencialidad por parte de las personas afectadas o en mayor riesgo. Si debe ser confidencial es porque su difusión tiene riesgo de lesionar a la persona implicada, al estar infectada de una enfermedad por la que puede verse incluido en una categoría de personas socialmente rechazada u considerada inmoral.

Es la amenaza de muerte social, la que genera actitudes paradójicas en las personas infectadas y produce conductas defensivas de encubrimiento de la información sobre sí mismas, para proteger su crédito social. Esta es una de las formas en que la estigmatización hace obstáculo a la prevención del sida.

La concepción de “grupos de riesgo” estigmáticos y marginales, favorece la discriminación y obstaculiza la prevención, facilitando la extensión de la epidemia especialmente por la vía heterosexual. Es necesario extender el concepto de “prácticas de riesgo”. subir

(Fuente: “La prevención de la transmisión heterosexual del VIH/SIDA en las mujeres”. Ministerio de Sanidad y Consumo)

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